Jaisalmer, la ciudad dorada

Tras visitar Jodhpur y a los Bishnoi, nos esperaba un destino marcado especialmente en nuestro calendario; Jaisalmer, la ciudad más icónica del desierto de Rajastán. Aquí ya habíamos estado con Mónica hace 15 años, y desde entonces soñábamos con volver. Con su fortaleza de paredes doradas, encumbrada en un promontorio de roca, Jaisalmer se encuentra como suspendida en medio de la inmensidad del desierto de Thar.

Aunque la distancia desde Jodhpur es de solo 280 kilómetros, la diferencia del paisaje entre ambas ciudades, y el resto del Rajastán, es muy notable. Apenas se deja atrás Jodhpur, el verdor comienza a dar paso a un paisaje semidesértico, de árboles bajos y mucho, mucho polvo. Pero al parecer Jaisalmer nos tenía preparada una bienvenida a la altura de su fama, porque a unos 80 kilómetros de la ciudad, nos envolvió una tormenta de arena impresionante. 

Todo ocurrió muy rápido. Primero nos dimos cuenta que, en el horizonte, parecía que el cielo cambiaba de color… cinco minutos más tarde, aprovechando en una parada en un peaje, nos dimos cuenta que se trataba de una tormenta que se acercaba en forma de una enorme pared de color marrón. Solo nos dio tiempo a regresar al coche y fuimos engullidos por el viento y la arena que golpeaban el coche y disminuían la visibilidad a unos pocos metros. A pesar de lo surrealista de la situación, Jagjit mantuvo la calma y no paró de conducir. Eso si, muy lentamente, y con los limpia parabrisas a tope y las luces de emergencia funcionando. 

Casi a ciegas avanzamos unos 50 kilómetros, en los cuales nos cruzamos a muy pocos coches, además de algunas vacas (circulando por el camino) y algunos pocos valientes lugareños que probablemente ya están acostumbrados a estas condiciones. Justo antes de llegar, la arena aflojó un poco y comenzó a llover, limpiando la atmósfera. Así, para cuando llegamos a Jaisalmer, el cielo estaba despejado y la vista sobre las murallas parecía salida de un cuento de hadas (o de Juego de Tronos?).

En Jaisalmer nos alojamos en un hotelito precioso, un “haveli” que ocupa uno de los torreones de la fortaleza, con vistas inmejorables a la ciudad antigua, que abraza el contorno de las paredes. Los haveli son unos palacios típicos del Rajastán, construidos durante la Edad Media, y hasta el siglo XVIII, por los comerciantes más ricos de la región. Porque, por mucho que hoy parezca una tierra seca y sin uso, en el pasado por aquí pasaban varias rutas comerciales que unían los territorios a ambos lados del desierto de Thar. Por estas rutas circulaban caravanas de camellos cargados con piedras preciosas, incienso, especias, telas, granos y, sobre todo, grandes cantidades de opio. 

En su camino, las caravanas dejaban ingentes cantidades de dinero en servicios e impuestos que enriquecieron a muchas ciudades que hoy ni siquiera persisten, y cuyo único testimonio de aquella época son los famosos havelis que fueron construidos por los más afortunados (y enchufados). A modo de ejemplo, en aquella época, y durante muchos siglos, las caravanas tardaban hasta 7 días en completar el camino a Jodhpur, el mismo que a nosotros solo nos llevó 5 horas. Por ese mismo trayecto, las caravanas estaban obligadas a dejarse una buena parte de sus beneficios para pagar todos sus gastos e impuestos… qué vida!

Como decía, nos alojamos en un haveli más bien modesto, de tamaño, pero con una situación privilegiada y con mucho encanto. Nuestra habitación, con un alféizar incluido con vistas a la ciudad, era como de cuento… un lujazo! Sin embargo, la acción estaba afuera y durante los días que nos pasamos en Jaisalmer nos dejamos los pies recorriendo las callejuelas de su ciudad antigua, y un poco menos en los callejones del interior de la fortaleza, donde la mayoría de las casas están convertidas en tiendas de suvenires, hostales o restaurantes. Una verdadera pena, pues hoy en día es casi imposible pasearse por sus laberínticas calles sin sentir el acoso de los tenderos (más aún, durante temporada baja, cuando los clientes escasean).

Sin embargo, como siempre ocurre, incluso en medio de esta avalancha de tiendas, el azar nos llevó a fijarnos en una en especial, una galería donde encontramos a Babu Rajnish, un pintor que preserva la técnica tradicional de Rajastán. A él estuvimos muy contentos de comprarle una camiseta pintada especialmente para Pau. Por lo demás, a pesar de albergar algunos templos jainistas de gran valor y un palacio real, lo cierto es que huimos bastante del interior de la fortaleza y preferimos perdernos en los bazares de la ciudad antigua. 

Aquí nos llamaron la atención dos cosas; la enorme cantidad de vacas que vagaban libres por la ciudad, llenando de bostas las calles y dificultando el paseo de las motos y peatones, y la presencia de paredes pintadas con la figura de Ganesh, el dios con cabeza de elefante y símbolo de la buena suerte, que la gente usa para dar la bienvenida a sus casas.  Sobre las vacas, y aunque en todas las ciudades de India las hay a montones, nos llamó la atención por su gran cantidad en una ciudad del desierto, donde las condiciones no son precisamente las mejores para su subsistencia. 

En cuanto a los Ganesh, descubrimos que las pintadas anunciaban la fecha de la boda de la familia que vive en la casa, y sirve como un aviso a la comunidad como también como una ocasión para desear suerte y bendecir a la nueva familia. En la ciudad antigua existen además varios havelis inmensos, que en su momento pertenecieron a las mayores fortunas de la ciudad, siempre allegados o colaboradores del Maharajá de Jaisalmer.  

Lo más curioso, y triste, de la cuestión es que los havelis administrados por el gobierno local están en un estado de conservación lamentable, incluyendo basura y una ingente cantidad de murciélagos que envuelven con su inconfundible aroma muchas de las habitaciones y salas… aquí una de estos temidos animalitos aterrizó sobre la camiseta de Pau, aunque por suerte la cosas no pasó del susto. Por su parte, los havelis en manos de privados están convertidos en museos que albergan colecciones que muestran el lujo en el que vivían los privilegiados. Como la primera nevera o ventiladores, a kerosene, que se vieron por Jaisalmer.

Una de las tardes la dedicamos a visitar los campos de dunas que rodean la ciudad, muy cerca de la frontera con Pakistán. Aquí, en un lugar llamado Khuri, tuvimos oportunidad de disfrutar de unas vistas preciosas al desierto y a algunas de sus aldeas, donde vimos a mujeres y niños acercándose a los pozos en busca de agua. Con una gracia y facilidad infinitas, las mujeres transportan jarrones de metal con el preciado líquido equilibrándose sobre sus cabezas como si nada. En conjunto con sus saris de colores vivos, en contraste con la monotonía del marrón del desierto, su visión fue una de las más hermosas del viaje. 

Desde Khuri se organizan también paseos en camello a las dunas más altas del desierto, especialmente agradables al atardecer, cuando el sol ofrece una pequeña tregua. En 2004 ya habíamos probado la misma experiencia con Mónica, y Pau se moría de ganas de probarlo, así que no lo dudamos mucho y nos apuntamos al paseo. Cada uno montó en su propio camello y nos dirigimos hacia las dunas conducidos por sus cuidadores. El camellero de Mónica resultó ser un niño de apenas 11 años, lo cual no le ayudó a ganar confianza, ya bastante mermada al sentirse tan insegura en su montura. 

Los camellos son animales muy especiales, con un temperamento muy volátil e imponen mucho respeto. Más cuando se les monta y, mediante un curioso e inesperado balanceo sobre sus patas traseras, que te deja totalmente inclinado hacia adelante por una fracción de segundo, para luego darte una sacudida hacia atrás y dejarte sentado en un equilibrio que se siente muy precario, a más de dos metros de altura. Por eso a no todo el mundo le hace mucha gracia la experiencia, y menos cuando el animal se comienza a mover y uno no haya como agarrarse a la montura (no hay posibilidad de agarrarse a la crin del camello porque la montura es muy alta).

Así que, mientras Pau y yo disfrutábamos de las sacudidas, Mónica comenzó a coger miedo que al poco rato se convirtió en verdadero pánico. La cosa empeoró al alcanzar las primeras dunas, las cuales obligaban al animal a inclinarse mucho hacia adelante y hacia atrás, simulando una mini montaña rusa. Al final, ante el panorama que ofrecían las dunas más grandes, Mónica decidió bajarse de una vez y dar rienda suelta a su angustia echándose a llorar con muchas ganas… la pobre, una vez aliviada de la tensión que la tenía agarrotada, continuó caminando hasta la cima mientras nosotros continuamos intentando negociar con el caótico movimiento del camello.

Al final todo resultó bien… reunidos en lo alto de las dunas pudimos disfrutar de la puesta de sol en compañía de muchos otros turistas (y eso que es temporada baja!). Para compensar el tiempo perdido, los camelleros nos ofrecieron a Pau y a mi realizar un rodeo más largo para regresar… al final la excursión se nos alargó más de la cuenta y terminamos volviendo en la noche cerrada, cuando el resto de camelleros y Mónica ya comenzaban a estar preocupados… ya sabéis, estrujando el tiempo lo máximo posible!

Y así se nos pasaron los días en Jaisalmer, sin darnos cuenta, entretenidos y felices de todas las cosas y personas hermosas que conocimos y pudimos disfrutar. Con pena y nostalgia, no nos quedó más remedio que despedirnos de la ciudad y de los pocos amigos que nos hicimos en el hotel y restaurantes favoritos, y nos enfilamos al norte, con destino a Bikaner….

Un abrazo a todo@s!

Michel

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