Madhya Pradesh, la gran desconocida

Cuando dejamos atrás Karauli, aún a bordo del coche y acompañados por Bagjit, el conductor, estábamos dejando atrás el estado de Rajastán y entrando al poco conocido estado de Madhya Pradesh. Nos daba cierta nostalgia dejar la tierra de los fuertes, palacios, y su gente y mercados tan coloridos, y no sabíamos que nos encontraríamos los próximos días.

Lo cierto es que el “luto” no nos duró mucho tiempo, porque pronto nos dimos cuenta que en Madhya Pradesh nos esperaba una India aún más rural, colorida e incluso auténtica que en el propio Rajastán. Ante la ausencia de un turismo masivo, y de grandes riquezas, el estado se conserva sin sufrir grandes cambios, lo cual fue una tremenda alegría para nosotros. Por sus caminos seguimos disfrutando de imágenes cotidianas de las labores del campo; hombres y mujeres pastoreando sus búfalos de agua y vacas, camiones, buses y rickshaws atiborrados de pasajeros, mujeres llevando con enorme prestancia sus coloridos saris, atascos para cruzar las vías del tren… en fin, lo de siempre y que ojalá nunca se acabase.

Nuestro primer destino en Madhya Pradesh era Gwalior, a unos 160 kilómetros al este de Karauli. En principio, el mayor atractivo de la ciudad es su fortaleza y el palacio, templos y otros edificios contenidos en su interior. Nada nuevo, en teoría. Sin embargo, la eterna India nos tenía reservadas varias sorpresas. La primera, no tan buena, era que Gwalior, con un millón de habitantes, es una ciudad sumamente caótica, con un tráfico infernal y muchas calles en obras o sin asfaltar, lo que hace que el aire sea irrespirable. Sobre todo cuando le agregas 40ºC de calor y una humedad del 75%. 

La segunda era que, contra todo pronóstico, el hotel que nos tenían reservado resultó ser una preciosidad. Usando las instalaciones del palacio de verano de un cacique local, el hotel incluye unos grandes y cuidados jardines por donde andan a sus anchas los pavos reales y todo tipo de aves (pero nada de murciélagos ni monos). En el complejo hay varios templos, salones de verano (rodeados de pozos de agua y armados con todo tipo de artilugios para que los sirvientes mantuvieran frescos a sus amos), y habitaciones reacondicionadas. El conjunto es muy bonito, y este resultó ser uno de los hoteles con más encanto del viaje (aunque se echa de menos una piscina!).

Pero la sorpresa más interesante fue descubrir que, sobre la roca que flanquea el camino que serpentea hasta las puertas de la fortaleza, se conservan cientos de impresionantes figuras esculpidas de Adinath, el “dios” jainista. Las hay de todas las formas, posiciones y tamaños, pero las que más impresionan son una serie de estatuas enormes que acaparan las paredes de varias semi-cuevas excavadas en la pared. Es curioso caer en cuenta que, a pesar de que la fortaleza y su palacio principal tienen un tinte marcadamente musulmán, en él también haya existido la convivencia necesaria como para permitir también expresar su devoción a una minoría religiosa como eran los jainistas. Sin duda parece testimoniar un tiempo de diversidad y tolerancia que hoy se echa en falta.

Aquí nos pasamos unas cuantas horas, un día muy temprano por la mañana, observando la belleza y magnificencia de estas obras de arte. Además, lo hicimos completamente a solas, sin más compañía de unos pocos vecinos que meditaban, aprovechando la energía del lugar, o pasaban por el camino haciendo ejercicio. Una verdadera pasada. De todas las esculturas, quizás la más impresionante resulta una que muestra a Adinath de pie, que mide unos 18 metros de altura. Es extraño, pero de alguna manera, con Mónica coincidimos en nuestra sensación de cercanía a las imágenes, postulados y filosofía janistas. Quizás sea por su simpleza en interpretar la vida y nuestra labor como humanos, por su pacifismo y su falta de proselitismo… algo muy parecido a lo que nos ocurre con el Busdismo, hacia la cual nos sentimos especialmente atraídos. 

La fortaleza en si no está nada mal. Es enorme (3 km2), imponente sobre la cima de una colina, y si fuese la primera que hubiéramos visto en el viaje nos hubiera cortado la respiración. Entre una docena de templos hindúes y jainistas, destaca el palacio de Man Madndir, construido por el Maharaja Man Singh en el siglo XV, el cual sobresale por su tamaño y por conservar aún dibujos de patos, tigres y figuras geométricas pintadas con azulejos de color turquesa, verde y amarillo. Pero habiendo visto tantas antes, tampoco nos trastorno tanto. De todas formas, es una visita imperdible, y como la ciudad antigua yace a sus pies, es la antesala perfecta para sumergirse en sus callejuelas más antiguas. 

Al pie de la fortaleza comienza de súbito el ajetreo indescriptible del casco antiguo y el bazar. Ahí encontramos a un grupo de mujeres vendiendo atados de césped fresco, recién cortado, listos para dar de comer a las vacas sagradas que pululan por la zona. Las habíamos visto en muchos otros sitios antes, y esta vez al fin decidimos mimar a las vacas con un poco de comida fresca. Fue muy divertido viéndonos es esas, teniendo a tanto público pendiente de nosotros. Y, por suerte, pudimos salir de ahí sin perder ni un dedo a manos de las insaciables vacas que nos acosaron.

El siguiente destino en Madhya Pradesh fue Orccha, un pueblo de apenas 10.000 personas, poco visitado a pesar del enorme patrimonio histórico que atesora. Orchha se encuentra a orillas del escénico río Betwa, y en su pequeña superficie alberga un conjunto de templos y un par de palacios medievales que valdrían para acomplejar a cualquiera otra ciudad del país. Según se cuenta, Orchha fue fundada en el 1501 por un príncipe de una dinastía llamada Bundela, quien estableció aquí la capital de su pequeño reino. Y, para congraciarse con los mogoles musulmanes que ya asolaban los territorios del norte del país, construyó a toda prisa dos palacios reales cuya arquitectura, a más de reunir y combinar elementos tanto del arte islámico y mogol con los del arte hinduista, estaban decorados hasta la saciedad con mosaicos de piedras semipreciosas. Todo un guiño para los mogoles. Así, dándoles en el gusto, esperaba mantener su amistad y libertad para seguir gobernando sus territorios. Se ve que el truco le sirvió durante casi dos siglos, hasta que las traiciones de unos y la avaricia de otros acabó con la alianza y el esplendor de la ciudad.

Sin embargo, ya sea por ser la temporada de lluvias y la falta de turismo de la época, encontramos al pueblo un poco de “capa caída”, sucio (incluso para los estándares de India)… casi diría que triste. Quizás fuese nuestro propio cansancio, y la falta de luz, pero se nos hizo difícil lidiar con tanta caca de vaca en las calles, las moscas y, luego del atardecer, de los mosquitos. Al menos el primer día.

Al día siguiente, más descansado y aprovechando el frescor que ofrecen los amaneceres, me aventuré solo por los palacios y templos. Y, como siempre ocurre cuando andas “liviano” de expectativas, conocí gente y viví momentos muy entretenidos… como cuando el guardia del palacio me invitó a adentrarme en una serie de salones y espacios cerrados el público, donde guardan las mejores frescos y tesoros de la propiedad. O cuando, siguiendo a un chaval de apenas 12 años, terminé encaramado en lo más alto del templo hindú, desde donde tuve una vista en 360 grados a todo el entorno… rodeado de mucho verdor y plantaciones de arroz, en los que se hallan desperdigados docenas de edificios históricos de gran valor artístico y patrimonial, por un momento me pareció regresar a Hampi.

Para el final del circuito por Madhya Pradesh nos esperaba Khajuraho, y sus famosos templos. Khajuraho no deja de ser un pueblo, de unos 30.000 habitanes, hoy en día sobre explotado con la presencia de docenas de hoteles de 5* y 4*, además de guesthouses para mochileros, restaurantes, cafeterías y hasta un aeropuerto que recibe vuelos desde Delhi y Varanasi. 

Yo había estado aquí hace 16-18 años, y por supuesto no reconocí nada el pueblo actual… lo que recordaba como calles de tierra que conducían hasta las mismas puertas de los templos más famosos, hoy en día son calles asfaltadas repletas de comercios destinados al turismo. Sin embargo, a pesar de esta sobre explotación, y a diferencia de Pushkar, Khajuraho tiene un taranná que lo hace mantener su encanto… quizás esto se deba a que a los locales les va tan bien tal como están las cosas, que te dejan vivir. Aunque creo que la receta de su encanto radica en su pequeño tamaño, y en que su entorno inmediato sigue siendo totalmente rural, como un pulmón verde que le insufla aire fresco, pera también un halo de simpatía y paz.

Los famosos templos de Khajuraho fueron construidos por una serie de reyes de la dinastía Chandela, un linaje de reyes locales que gobernaron la región durante los siglos X y XII. A pesar de no haber tenido una trascendencia para el devenir del país, la obra  y legado de los Chandela se cuenta entre los más valiosos de India. Tanto así que los templos entraron en la lista de Patrimonio de la Humidad de UNESCO en el año 1986. Según dicen los historiadores,los templos se construyeron en apenas unos cien años, entre el 950 y el 1050 y, según cuenta  la leyenda, originalmente habían unos 80 templos de los que quedan unos 22 en buen estado de conservación. Tal vez por encontrarse lejos del río Ganges, y lejos de cualquier ciudad de importancia, los templos consiguieron pasar desapercibidos y salvarse de la destrucción masiva de elementos hinduistas ejecutada por los mogoles musulmanes. Al parecer, poco a poco los templos fueron quedando abandonados y permanecieron ocultos por la selva durante 700 años, hasta que fueron redescubiertos en 1838 por un oficial del ejército británico.

Todos estos datos están muy bien, pero lo que realmente ha dado una fama  tan grande a los templos de Khajuraho son los tallados que recrean escenas eróticas del Kamasutra, y que adornan una parte importante de los edificios. Con una precisión asombrosa, los artistas Chandela dejaron plasmadas en la roca escenas de sexo muy explícitas, 84 en total, en ocasiones imposibles y hasta cómicas por lo enrevesadas (al menos que seas de goma), con un nivel de detalle difíciles de asimilar para alguien diáfano en lo que es el arte antiguo. Simplemente asombroso.

Los templos están repartidos por una gran superficie, conformando “grupos de templos”. Algunos están semi-abandonados, en medio de plantaciones o dentro de algún barrio del pueblo, siendo el grupo Oeste el de mayor interés por el tamaño de sus templos y la calidad y cantidad de tallados que adornan sus paredes. Aunque somos poco asiduos a los guías locales, aquí si escogimos a uno para que nos diera un tour general que nos permitiese entender algo más sobre la razón de ser de los templos y de sus esculturas … porque no todas son imágenes eróticas, ni mucho menos. 

Como se suele descubrir al visitar lugares similares, resulta que los templos fueron construidos por una serie de reyes Chandela, que se fueron sucediendo unos a otros en el trono, cada uno de los cuales pretendía dejar su impronta en la historia y congraciarse con sus dioses construyéndoles una morada a donde ser venerados, y de paso dejar patente su gran riqueza y magnanimidad. Así es como, en una especie de competición, los templos florecieron en un corto periodo de la historia, aunque esto de corto es una manera de hablar, porque estos templos tomaban muchos años en acabarse. Por ejemplo, el templo Lakshmana, dedicado a Vishnu, tomó 20 años y una plantilla de 16.000 trabajadores, en régimen de semi-esclavitud, para ser construido. Otro, el más grande de todos y dedicado a Shiva, llevó 25 años y 22.000 trabajadores para completarse.

Hemos seleccionado una serie de fotos de los tallados de Khajuraho, donde destacan algunas escenas que tienen como protagonista a una de las bailarinas reales, conocidas como “apsaras” que, a juzgar por los tallados, tienen que haber sido chicas muy muy sensuales…  fijaos como en una de las fotos aparece una bailarina colocándose un “bindi” frente al espejo, mientras que otra aparece contorsionada, de espalda, dejando ver con un detalle exquisito la tela transparente que le cubre las piernas… o la otra que, con la ayuda de una asistente, intenta sacarse una espina del pie. Pensar que todo esto está tallado en la roca, y ha resistido casi de un milenio de vida, y os daréis cuenta del enorme mérito y valor de estos templos y sus tallados.

El final de nuestro paso por Khajurhao coincidió con nuestra despedida de Bagjit, el conductor, el cual se regresaba a Delhi, mientras nosotros volvíamos a las andadas por cuenta propia. Esa misma noche teníamos un tren nocturno con destino a Varanasi. Pero, antes de acabar el día, aprovechamos el coche para dar un último paseo por los paisajes rurales de India y nos dirigimos a una reserva natural, no lejos del pueblo, donde además se encentran unas cascadas que en temporada de lluvias se ponen realmente espectaculares, a la vez que temibles por la fuerza del agua. Fue un día de despedidas, pero también del despertar de las ganas de continuar solos y volver a los guesthouses simplones, a los rickshaws, a los trenes… a volver a sumergirse en las dificultades e inmensas recompensas de todo viaje por India.

Hasta la próxima entrega!

Michel

2 comentarios sobre “Madhya Pradesh, la gran desconocida

  1. Hola Monica, Michelle y Pau

    Me da ganas de viajar con Vosotros. Pau ha crescido tanto.
    Ha soñada de viajar a India con Vosotros porque visitar India és el grande deseo de Sara.
    Tenéis de escribir un libro de viajes.

    Saludos de Celia de Portugal

    • Querida Célia!!!!
      Qué ilusión leerte, y saber que Sara quiere venir a India!!!
      Antes nos debemos ver en Caldas, qué te parece?
      Un abrazo enorme para ti, Sara, Rodrigo y Jaime.

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